Científicos Ayudan a una Población Intoxicada con Plomo


Durante 18 años el decano de Salud Pública de la USFQ ha liderado un estudio que ha permitido rescatar a toda una población intoxicada con plomo.

Durante 18 años el decano de Salud Pública de la USFQ ha liderado un estudio que ha permitido rescatar a toda una población intoxicada con plomo.

“Algo que me gusta mucho insistir en mis clases de investigación es: pregunten por qué, por qué y por qué” repite Fernando Ortega, médico, antropólogo y salubrista.  Es el actual decano de Salud Pública de la USFQ pero sobre todo un curioso infatigable. Hace más de 18 años,  él y un grupo de médicos de Harvard visitaron la parroquia La Victoria en la provincia de Cotopaxi porque tenían la sospecha de que allí había una fuerte contaminación por plomo. Pero no disponían de ningún dato certero.

El equipo empezó por tomar muestras de sangre de la población. Para el año en el que arrancó el estudio, el nivel máximo de plomo aceptable  era de 10 microgramos por decilitro de sangre. Los exámenes revelaron que los niveles en los moradores de La Victoria se habían disparado:  “Teníamos casos de 70, 80, 90, 100, hasta 128 que fue el caso más alto que encontramos” señala Ortega.

Esos resultados se contrastaron con los de otra población.  El equipo fue a la cercana población de La Maná para  medir el nivel de plomo en la sangre de los niños y encontraon que tenían seis microgramos de plomo por decilitro, mientras que el promedio en la Victoria era de 60: diez veces más. 

También se estudió a las madres lactantes. Para entonces los parámetros internacionales habían cambiado, y el nivel máximo tolerado había bajado a 5; sin embargo, los análisis de la leche materna, demostraron que ésta se había convertido en una poción mortífera. “Teníamos un promedio de 250, recuerda Ortega, cuando el máximo era 5.  La leche materna concentra mucho más el plomo; estaba tan tremendamente contaminada que tuve que suspender la lactancia materna de 15 niños.   Regresé a la comunidad con leche maternizada”.

Los moradores de La Victoria estaban siendo intoxicados, pero ¿por qué? La razón estaba en la alfarería. La principal fuente de ingreso de esta parroquia es la elaboración de tejas, a las que solían bañar con plomo para darles brillo. 

Años antes los pobladores habían comenzado a desmantelar baterías viejas de automóviles para extraer las láminas de plomo de su interior. Las ponían en agua para hacer una especie de caldo con el que bañaban a las tejas antes de meterlas al horno.

Ortega explica los efectos dañinos de esa práctica:  “introducen las tejas dentro del horno y queman  y sale el hollín, pero además sale el plomo que cae muy cercanamente al horno y va extendiéndose a la contaminación del suelo en toda la región. ¿Dónde juegan los niños? Junto al horno.¿Dónde quedan sus casas? Junto al horno.  Entonces la gente vive pegada al plomo.

Finalmente, y ya con los estudios científicos realizados se pudo alertar a la población de la terrible amenaza que pesaba sobre ellos y que estaba causando estragos, especialmente en los más pequeños. Los profesores de las escuelas se quejaban de lo difícil que era aprender para los niños de la zona.  Decían ellos que los pequeños solían no comprender lo que se les explicaba y si lo hacían, con frecuencia lo olvidaban de inmediato. 

Y es que el plomo es altamente venenoso.  Además de afectar el oído y producir anemia, afecta al sistema nervioso central provocando problemas cognitivos y de aprendizaje.  Incluso puede llevar a la muerte. La OMS calcula que al año el plomo es el responsable de más de 600 mil nuevos casos de incapacidad intelectual en el mundo.

Ortega y sus compañeros de Harvard han sostenido el estudio durantes estos últimos 18 años.  Su trabajo no sólo ha servido para ver la realidad, sino también para cambiarla. Se hizo un trabajo de concientización con la comunidad para modificar sus prácticas, se brindó tratamiento de desintoxicación a los afectados y hace unos años, se empezó a notar  que el envenenamiento estaba disminuyendo.

“Está bajando.  El promedio de 51 bajó a 40, después a 38 y así gradualmente hasta que ahora estamos en 19.  Todavía es 4 veces sobre el nivel de 5 que es lo máximo, pero en todo caso nada que ver con la evidencia que tuvimos hace 18 años” asegura Ortega.

Un estudio metodológico que salvó a toda una comunidad.  La respuesta a un porqué para poder cambiar lo que era necesario cambiar. Fernando Ortega demostró, una vez más, que la ciencia debe servir para mejorar la vida de las personas: “es  fácil cambiar la realidad cuando se quiere.  Hay una sola palabra que sirve para ese cambio:  compromiso”.

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