Ecuatorianos son clave para encontrar la cura del cáncer

El cáncer no es una enfermedad sino varios tipos agrupados bajo un solo nombre.  Vencerla requiere de muchas estrategias, pero se ha descubierto una pieza clave que yace en un grupo de ecuatorianos.

El cáncer no es una enfermedad sino varios tipos agrupados bajo un solo nombre.  Vencerla requiere de muchas estrategias, pero se ha descubierto una pieza clave que yace en un grupo de ecuatorianos.

La medicina avanza a pasos agigantados, pero todavía hay grandes tareas pendientes.  Y una de esas es el cáncer. Aunque hoy, gracias al diagnóstico temprano y mejores tratamientos hay cada vez más casos de cáncer que logran ser superados, la enfermedad nos sigue azotando. Cada año en el mundo se reportan 14 millones de nuevos casos y 8 millones de víctimas mortales.

El cáncer empieza siempre en las células. En nuestro cuerpo todas tienen una función determinada,  se dividen para reproducirse y en algún momento mueren.  Pero a veces aparecen células sin función alguna que se multiplican descontroladamente y pierden su capacidad de morir.  Eso es el cáncer, una  palabra que engloba a más de un centenar de enfermedades diferentes. Y así como no existe un solo tipo, tampoco hay una única causa.

Son muchos los factores de riesgo, pero tal vez el que más incide en varios tipos de  cánceres es la obesidad.  La grasa corporal se relaciona con el cáncer de esófago, páncreas, colon, seno y algunos otros. Las personas obesas tienen altas concentraciones de insulina y glucosa, lo que puede llevar a las células cancerosas a crecer, multiplicarse y propagarse rápidamente.

Pero en nuestro país hay personas a quienes eso no les sucede. Se trata de un centenar de ecuatorianos con síndrome de Laron, un trastorno genético que provoca un tipo especial de enanismo.  Las estadísticas muestran que el 30% de los casos mundiales están en poblaciones en el sur del Ecuador, sobre todo en las provincias de Loja y El Oro.  El doctor Jaime Guevara Aguirre, endocrinólogo y profesor de la USFQ, estudia esos casos desde hace más de 20 años y ha descubierto que quienes lo padecen también presentan una singular respuesta a la insulina.

“Dimos de beber un vaso de azúcar a ambos grupos:  a los pacientes con síndrome de Laron y a sus parientes sin síndrome.  Observamos  que  en ambos grupos la glucosa subía como era de esperarse.  En los parientes, concomitantemente a la glucosa subía también la insulina, pero para nuestra sorpresa en los pacientes la insulina subió apenas un poquito.  Eso quiere decir que estos pacientes necesitan menos insulina para procesar la glucosa en comparación de sus parientes.  Ellos tienen incrementada  la sensibilidad a la insulina” afirma.

La insulina es una hormona que se produce en el aparato digestivo y permite a la glucosa -que es el azúcar de la sangre- entrar en las células del cuerpo para producir energía.  Los pacientes con síndrome de Laron requieren de muy poca insulina pese a que algunos de ellos presentan sobrepeso y eso tendría que ver con la hormona del crecimiento, la cual necesitamos para lograr una talla normal, pero también tiene la misión de controlar la acción de la insulina.

“Estos pacientes no tienen acción de la hormona de crecimiento, eso provoca que  la insulina esté jugando solita en la cancha sin oponente. Entonces como está jugando sin esa acción opuesta puede controlar con menor cantidad de insulina mayor cantidad de glucosa” explica Guevara.  Nos confía que este descubrimiento lo llenó de emoción: el hallazgo original fue hecho en esta institución (el Instituto de Endocrinología Metabolismo y Reproducción) que trabaja en conjunto con la Universidad San Francisco”.

Cuando se compararon las historias clínicas de ambros grupos de personas emparentadas entre sí,  entre las que no padecían síndrome de Laron  el 20% de las muertes se había producido por cáncer, y se registraba un 6% de incidencia de diabetes; en los pacientes con Laron, en cambio, sólo se encontró una muerte por cáncer en 20 años y no se han reportado cuadros de diabetes. Esta diferencia es relevante,  más aún si se toma en cuenta que  ambos grupos -pacientes y parientes sin el síndrome- están sometidos a la misma genética de trasfondo y a las mismas condiciones ambientales.

Guevara es de esas personas apasionadas de lo que hace.  Curioso incansable, su investigación  ha aparecido en prestigiosas publicaciones científicas como las revistas Science, Cell Metabolism y la Science Translational Medicine.

Nos resume su misión de una manera simple: “una vez que uno tiene una hipótesis la aterriza en una teoría, la lleva a los datos, luego de eso qué le toca a uno…cuenta los datos y luego vienen personas que se interesan, los desarrollan y eso -por ejemplo en mi caso- se llaman fármacos o se llaman métodos diagnósticos. Pero eso toma muchos años.  Eso ya no lo podré ver en mi vida, pero es mi obligación seguir aportando con pequeñas chispas imaginativas o creativas para que alguien más las pueda poner en términos tales  que puedan llevarse a la comunidad y brindar beneficios” .

Todos los días la ciencia contribuye a vencer los grandes males de la humanidad. Y el doctor Guevara y la Universidad San Francisco de Quito también están haciendo su gran aporte.

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